Cuando usás redes, mirás cosas, reaccionás, scrolleás… y al final del día sentís que no quedó nada. Las redes están pensadas para eso: tenerte ocupado, no ayudarte a construir algo.
Lo que hacés ahí desaparece. Lo que pensás, lo que opinás, lo que escribís. Hoy está, mañana no. Consumís un montón, pero no acumulás nada. Te cansa con el tiempo, aunque no lo creas provoca una fatiga mental.
Escribir es una de las pocas cosas en el día a día que todavía te devuelve algo real. No porque te haga conocido ni porque tenga un premio inmediato, porque ordena la cabeza. Cuando escribís, frenás. Pensás mejor. Dejás algo hecho. Da igual si alguien lo lee o no.
Un blog no es una red social lenta. Es otra cosa. Es un lugar propio. Un archivo personal. Ahí lo que escribís no compite con nada. No pide likes. No se pierde en un feed. No necesitás tener grandes ideas. Escribir es, muchas veces, la forma de descubrir qué pensás.
Hoy en día la mayoría de la gente tiene un correo de Gmail, y gracias a eso no hace falta hacerlo complicado. Ya podes usar Blogger que está para eso. Abrís, escribís y listo. No hay configuraciones raras ni decisiones técnicas. Es una forma simple de empezar hoy, no “algún día”.
Las redes no son el enemigo. Pero no pueden ser el único lugar donde ponés tu atención. Si todo queda ahí, nada queda en vos. Capaz no necesitás menos redes, sino algo propio.
Abrir un blog y escribir una entrada no va a cambiar todo de golpe. Pero es un gesto distinto. Uno que, a diferencia del scroll infinito, deja algo cuando terminás.