Especias: Propiedades y Combinaciones

Estuve oliendo frascos de especias como si fuera un sommelier. Hay hobbies más caros, supongo.

Durante años usé las especias como las usa todo el mundo: orégano para la pizza, pimentón para el guiso y chimichurri para el asado. Fin de la historia. Después empecé a cocinar un poco más seguido y me cayó una ficha bastante obvia: las especias no están ahí solo para que la comida tenga gusto a “algo”. Son una caja de herramientas.

El ajo, por ejemplo, es un monstruo. El ajo en polvo con cebolla en polvo, pimienta negra y tomillo entra como piña en una sopa o en cualquier carne. El granulado tiene otra textura y con romero queda recontra bien para horno. Y el ajo con perejil y limón en pescado… chau, no necesitás inventar mucho más.

Con la cúrcuma me pasó algo raro. Al principio me parecía una moda medio rara de internet. Después aprendí que con pimienta negra cambia completamente la película, porque ayuda a absorber mejor sus compuestos. Jengibre, cúrcuma, pimienta y un poco de aceite… parece una receta de alquimista medieval, pero funciona.

La canela también estaba injustamente condenada a los postres. Con manzana, clavo y nuez moscada la rompe toda, pero también en avena o frutas te cambia el desayuno sin hacer ningún esfuerzo. El cardamomo, en cambio, fue amor a primera vista. Tiene un aroma que no se parece a nada. Lo metés en un té o en un curry y de golpe la cocina huele como un mercado en algún lugar donde claramente no estoy.

Lo que más me divierte son las combinaciones. Comino con cilantro y pimentón. Romero con limón y aceite de oliva. Albahaca con tomate y ajo. No es tirar cosas al azar; cada mezcla empuja el plato para un lado distinto.

Y después está el chimichurri, que merece párrafo aparte. Los argentinos lo damos por sentado, pero es una mezcla espectacular. Perejil, ajo, ají molido, orégano… una bomba aromática que encima acompaña casi cualquier cosa. A veces pienso que resolvimos un problema culinario hace décadas y seguimos actuando como si fuera una pavada.

Lo mejor de todo es que no hace falta convertirse en chef ni comprar veinte frascos exóticos. Con ajo, pimienta, comino, pimentón, romero, orégano y cúrcuma ya tenés un arsenal. El resto viene solo. Probás una mezcla, te sale bien, y la próxima vez le cambiás una especia. Ahí empieza el vicio.

La cocina tiene algo de laboratorio y algo de intuición. Y las especias son el atajo más barato que encontré para comer mejor, aburrirme menos y, de paso, hacer que el departamento huela tremendo.


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