Me crucé con un video en Instagram que me voló la cabeza. El dato es real: la Tierra entera debe unos 315 billones de dólares.
A quién carajo le debemos plata? A los marcianos?
Cambio, aprendo, rompo, reescribo.
Me crucé con un video en Instagram que me voló la cabeza. El dato es real: la Tierra entera debe unos 315 billones de dólares.
A quién carajo le debemos plata? A los marcianos?
Hace poco escuché una idea sobre estudiar que me pareció bastante interesante.
Seguramente conocés la técnica Pomodoro. Esa que dice que estudies durante una cierta cantidad de minutos y después hagas una pausa.
Nunca me terminó de convencer del todo por una razón simple: ¿qué pasa si hoy no puedo concentrarme esos 25 minutos? ¿O qué pasa si puedo concentrarme mucho más?
La idea de que el dinero es una base de datos lleva a una pregunta inevitable: ¿qué ocurre si algún día ya no necesitamos esa base de datos?
Según Elon Musk, es posible que a muy largo plazo el dinero desaparezca como concepto.
¿Por qué?
Porque el dinero existe principalmente para gestionar la escasez. Cuando los recursos son limitados, necesitamos algún mecanismo para decidir quién recibe qué. El dinero cumple justamente esa función.
Pero Musk imagina un futuro donde la inteligencia artificial y la robótica alcancen niveles tan avanzados que puedan satisfacer prácticamente todas las necesidades humanas.
En el ecosistema digital actual, es habitual cruzarse con perfiles que ostentan 10.000, 50.000 o un millón de seguidores. Las plataformas nos han acostumbrado tanto a las cifras astronómicas que perdimos la noción de la escala real. Decir “tengo solo diez mil seguidores” se ha convertido en una frase común de menosprecio propio en la era de los algoritmos de recomendación masiva.
Pocas frases dentro de los videojuegos lograron trascender tanto como “Nothing is true… everything is permitted”. Incluso personas que nunca jugaron un solo título de la saga reconocen la cita automáticamente. Se volvió una especie de mantra filosófico pop: aparece en remeras, biografías de redes sociales, tatuajes y videos motivacionales. Pero justamente ahí nace el problema. Cuanto más se popularizó, más empezó a perder su significado original.