Casi siempre estoy pensando. No como quien arma discursos brillantes, sino como alguien que pasa mucho tiempo dándole vueltas a lo que siente, a lo que hace y a lo que podría mejorar.
Vivir en la propia cabeza no tiene por qué ser algo oscuro. En mi caso es más bien un taller. Escribo, desarmo ideas, reviso reacciones. Me observo con cierta distancia y trato de entender por qué pienso como pienso. Después ajusto lo que no me convence.
Con el tiempo entendí algo simple: no siempre puedo controlar lo que pasa, pero sí la forma en que lo interpreto. Puedo entrenar mi manera de pensar. Y eso cambia todo. Porque si modifico mis pensamientos, también transformo mis decisiones y, al final, la persona que soy.
Hay algo poderoso en asumir que uno está en construcción permanente. No se trata de ego ni de mostrarse superior. Es más parecido al trabajo paciente de un científico que prueba, falla y vuelve a intentar. La mente también se entrena.
Me gusta imaginar que la versión más chica de mí podría sentirse orgullosa de quien soy hoy. No por logros externos, sino por la intención de mejorar. Convertirse, aunque sea un poco, en alguien que antes admirabas tiene algo profundamente reparador.
Pensar mucho no es el objetivo. El objetivo es pensar mejor. Y mañana, si se puede, un poco mejor que hoy.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario