Tu cerebro te sabotea

La mayoría de las personas no se queda quieta por falta de ideas. Se queda quieta porque entra en un estado permanente de evaluación. Pensar, analizar, comparar escenarios, anticipar problemas. Todo eso parece trabajo, pero muchas veces cumple otra función: postergar la decisión de actuar. No es un defecto de carácter ni falta de ambición. Es un patrón predecible.

El cerebro humano está diseñado para optimizar eficiencia, no progreso. Su prioridad no es que avances, sino que gastes la menor cantidad de energía posible sin ponerte en peligro. Por eso favorece rutinas conocidas, caminos ya transitados y decisiones reversibles. Pensar es barato. Actuar introduce fricción, incertidumbre y esfuerzo. Desde el punto de vista del cerebro, evitar eso suele ser la opción correcta.

Ese mecanismo fue útil durante miles de años, cuando la energía era escasa y equivocarse tenía consecuencias graves. El problema es que ese mismo sistema sigue operando en un entorno completamente distinto. Hoy, en la mayoría de los casos, probar una idea tiene un costo bajo y un riesgo limitado. Sin embargo, el cerebro sigue evaluando como si cada intento fuera una amenaza seria. El resultado es una sobreestimación del riesgo y una subestimación del costo de no hacer nada.

Ahí aparece el error moderno. No actuar parece neutro, pero no lo es. La inacción también acumula consecuencias: ideas que no se contrastan con la realidad, oportunidades que caducan, aprendizaje que no ocurre. Ese costo no es inmediato ni visible, por eso el cerebro no lo registra bien. Pensar más no reduce esa pérdida, solo la disimula.

Actuar no implica comprometerse a largo plazo ni “jugársela”. Actuar puede ser simplemente testear. Un experimento pequeño reduce más incertidumbre que horas de análisis. La acción no reemplaza al pensamiento; lo corrige. Permite distinguir entre problemas reales y miedos teóricos, entre obstáculos concretos y excusas bien armadas.

No actuar también es una decisión. Elegir comodidad no es neutral, solo es coherente con una lógica cerebral que ya no encaja del todo con el mundo actual. El cerebro no es un enemigo, pero tampoco es un buen estratega para entornos de abundancia. Entender eso no garantiza el éxito, pero sí mejora la calidad de las decisiones. Y, en muchos casos, es la diferencia entre seguir evaluando ideas o empezar a ponerlas a prueba.

No hay comentarios.:

Publicidad

Relacionado