Hace un rato me quedó dando vueltas una pregunta ¿cuántas de las cosas que hago las elijo de verdad y cuántas me las está dictando un cerebro que solo quiere su próxima recompensa?
Porque nos gusta creer que somos seres racionales. Que pensamos, evaluamos y decidimos. Y después te encontrás a las doce de la noche comiendo una pizza fría parado frente a la heladera.
Lo que más trato de entender es que el cerebro es bastante básico. Quiere comida, sexo y señales de aceptación. Sobrevivir y reproducirse. Fin del comunicado. La dopamina hace su trabajo y te empuja para adelante como un vendedor insoportable. “Comé eso”, “hablale”, “abrí Instagram otra vez”. Y uno encima se cree protagonista de una gran decisión existencial.
El problema es que el mundo cambió y el cerebro quedó medio desactualizado. Antes había que cazar, caminar, pelearla. Hoy pedís comida con dos toques en el celular y tenés una aplicación que te muestra cien personas disponibles en un radio de cinco kilómetros. Nos dieron una máquina de recompensas infinitas y después nos preguntamos por qué estamos ansiosos.
Y acá viene la parte que me parece más jodida: las recompensas rápidas funcionan. Un like, una notificación, un video más. Cada una es una monedita de dopamina. El tema es que es como comer caramelos todo el día. Al principio es divertido. Después te sentís para el orto.
He visto gente con buen laburo, pareja, vacaciones y cero problemas económicos sentirse completamente vacía. Y no creo que sea ingratitud. Creo que es otra cosa. El cerebro consiguió lo que durante miles de años fue una misión imposible y ahora pregunta: “Bueno... ¿y ahora qué?”.
Por eso me interesan tanto las personas que deciden ir contra el impulso. No hablo de hacerse monje tibetano ni de subir videos diciendo que descubrieron el secreto del universo. Hablo de gente que elige no tener sexo por un tiempo, dejar las redes o renunciar a ciertas gratificaciones para recuperar algo de control. Hay algo interesante ahí. Es como mirarle la cara al cerebro y decirle: “Pará un poco, no manejás vos”.
Eso no significa que el sexo sea malo. Esa discusión me parece bastante pavada. El punto es otro. El sexo puede darte placer, pero no necesariamente intimidad. La intimidad de verdad es esa sensación rarísima de que alguien te entiende sin tener que actuar. Y eso puede pasar con una pareja, con un amigo o incluso con una conversación a las tres de la mañana.
La oxitocina no tiene un carnet que diga “solo válida para relaciones sexuales”. También aparece en un abrazo, en una charla honesta, en compartir algo que te da vergüenza. Capaz estamos buscando conexión donde solo hay estimulación.
Las redes sociales empeoran todo porque secuestran el mismo sistema. Te prometen conexión y te entregan interacción. No es lo mismo. Podés pasar dos horas viendo historias y sentirte más solo que antes. Es una fábrica de dopamina con envoltorio de comunidad.
Al final, la pregunta del principio sigue ahí. ¿Qué elegimos realmente? ¿Comemos porque tenemos hambre o porque estamos aburridos? ¿Buscamos sexo porque deseamos a alguien o porque necesitamos validación? ¿Abrimos el celular por trabajo o porque no soportamos cinco minutos de silencio?
No tengo una respuesta definitiva (bah, si la tuviera probablemente estaría vendiendo cursos, así que mejor no). Pero sospecho que una buena parte de la vida consiste en distinguir entre el impulso y la decisión. Entre lo que nos tira del brazo y lo que queremos construir.
Me retiro a dormir antes de que mi cerebro me convenza de abrir YouTube “cinco minutos”.