Siempre fui bastante ordenado. Me gusta que cada cosa tenga su lugar y hacer las cosas siempre de la misma manera. Supongo que eso me ayuda a no perder tiempo pensando dónde dejé algo.
Por eso suelo usar la computadora y guardar mis cosas siempre en los mismos lugares.
Un día cambié de ambiente y me fui a trabajar al comedor. Estuve varias horas con la computadora y, cuando terminé, guardé todo en la mochila como siempre.
Mientras estaba haciendo eso, el gato entró al comedor. Lo fui a buscar porque se había metido detrás del sofá y lo saqué de ahí. Después terminé de guardar las cosas y me fui a dormir.
Un rato después quise usar la computadora y me di cuenta de que no encontraba el estuche de los lentes.
Busqué en la mochila. Nada.
Volví al comedor. Nada.
Busqué en la cocina, en el baño, por toda la casa. Nada.
Sabía que los lentes estaban ahí, pero no tenía la menor idea de dónde.
Volví a buscar. Revisé nuevamente el comedor, el piso, las sillas, la mesa. Todo.
Mi novia me preguntó:
-¿Buscaste en el comedor?
-Sí, ya busqué varias veces.
Entonces me dijo:
-¿Y en el sofá?
-No. Nunca estuve en el sofá.
Tenía sentido. No me había sentado ahí, así que ni siquiera lo consideraba una posibilidad.
Hasta que agregó:
-El gato no entró anoche al comedor.
Me quedé pensando unos segundos.
Y de repente me acordé.
El gato.
En ese momento entendí lo que había pasado. Yo estaba guardando las cosas, el gato interrumpió mi rutina y tuve que ir detrás del sofá a buscarlo. Probablemente tenía los lentes en la mano y los dejé sobre el sofá para poder agarrarlo.
Fui directamente al sofá.
Ahí estaban.
Me causó gracia porque había buscado los lentes por toda la casa, pero nunca se me ocurrió mirar justamente donde había ocurrido la única interrupción de toda mi rutina.
Al final, mi problema no era que no supiera dónde buscar. Era que estaba buscando dentro de mi propia lógica.
A veces estamos tan seguros de cómo ocurrieron las cosas que dejamos afuera justamente la posibilidad que necesitamos considerar.
Por eso una mirada externa puede ayudar. No necesariamente porque alguien tenga la respuesta, sino porque puede hacernos una pregunta que nosotros ya habíamos descartado.
Y a veces alcanza con eso.
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