Estuve viendo una película, después terminé leyendo un par de entrevistas a guionistas, salté a un video sobre los vikingos y, sin darme cuenta, terminé pensando que estamos desperdiciando una escuela gigantesca que tenemos enfrente todos los días.
Yo cada vez estoy más convencido de que se puede aprender de absolutamente todo. De una película, de una serie pedorra, de un anime de los 90, de una letra de rock, de un documental, de un cómic, de un idiota, de un ingenuo, del taxista que te quiere convencer de que es ingeniero aeronáutico. La lista es interminable.
Lo más loco es que esto no es una idea nueva. Pensá en los vikingos. Gran parte de lo que sabemos sobre ellos viene de crónicas medievales que parecen escritas por un tipo que mezcló historia con tres copas de hidromiel encima. Las sagas nórdicas eran, en cierto modo, como posts de un blog. Gente contando hazañas, viajes, traiciones y personajes imposibles. Nosotros podríamos hacer exactamente lo mismo con nuestra época y, sin embargo, pasamos el día consumiendo como aspiradoras con Wi-Fi.
Antes era la radio, la televisión, el diario, las revistas del dentista. Ahora son YouTube, blogs, podcasts, Twitter... perdón, X. El punto es que consumimos durante horas, pero casi nunca con la intención de aprender.
Y ahí está el truco.
Nos sentamos a ver una película para descansar de la semana de mierda que tuvimos. Está perfecto. Pero muchas veces dejamos pasar lo mejor. Un crítico no mira una película igual que nosotros. Un escritor tampoco. Están entrenados para preguntarse por qué una escena funciona, qué quiere decir un personaje, qué experiencia real está escondida detrás de una historia inventada.
Cuando empecé a leer sobre cómo escriben los guionistas, me cayó la ficha. Un buen escritor no inventa porque sí. Investiga, observa, conecta cosas y mete pedazos de su vida en la ficción. Lo mismo pasa con muchos músicos. Una canción puede tener más psicología que un manual entero.
Desde entonces empecé a consumir entretenimiento como si fuera entrenamiento.
Por ejemplo, mirá Jason Bourne. El tipo no tiene memoria, pero conserva el entrenamiento. ¿Qué hace? Analiza el entorno, usa cualquier objeto como herramienta, lee a las personas, improvisa recursos. Eso es una lección sobre adaptación. Good Will Hunting te enseña algo sobre el ego, la inteligencia y las heridas. La Femme Nikita te mete en el barro de la moral, la manipulación y las zonas grises.
Y después está Rocky.
Mi novia dice que Stallone actúa mal. No voy a entrar en esa guerra porque quiero seguir viviendo. Pero la historia del tipo es una locura. No tenía un mango, escribió Rocky, insistió para protagonizarla él mismo y se rompió el cuerpo para hacerlo. Algo entiende sobre perseguir un objetivo.
La escena de Rocky Balboa hablando con el hijo me parece una de las mejores lecciones de vida metidas en una película comercial. No porque sea una frase motivacional para poner de fondo con música épica, sino porque habla de algo incómodo: la vida te va a pegar igual. La diferencia está en cuánto podés aguantar sin convertirte en un profesional de echar culpas.
Esa escena vale más que un montón de libros de autoayuda juntos.
Lo interesante es que cuando empezás a mirar así, también empezás a criticar mejor. Ya no decís “esta película estuvo buena”. Empezás a preguntarte por qué estuvo buena. Qué decisiones tomó el guionista. Qué hizo el actor. Por qué ese personaje te quedó dando vueltas tres días.
Y ni hablar de los cómics. Hay gente que todavía piensa que son para chicos. Después agarrás Watchmen o V de Vendetta y te encontrás con filosofía, política, poder, miedo y naturaleza humana. Alan Moore está completamente limado, sí, pero justamente por eso te obliga a pensar.
Creo que el cambio más grande es uno muy simple: poner la intención. Nada más.Seguir viendo películas, series, anime y leyendo cómics. Pero entrar con una pregunta en la cabeza: “¿Qué puedo aprender de esto?”.
Es increíble la cantidad de sabiduría que está escondida en lugares donde uno fue solamente a entretenerse.
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