Vivimos o solo cumplimos con el sistema

Hay una idea bastante incómoda que aparece cuando empezás a mirar tu vida desde otro lugar: quizás muchas de las cosas que consideramos normales no fueron realmente elegidas por nosotros.

No hace falta imaginar una conspiración mundial ni pensar que existe alguien sentado en una habitación moviendo los hilos de todo. Alcanza con mirar cómo está organizada nuestra vida cotidiana: estudiar, conseguir trabajo, pagar el alquiler, comprar cosas, cumplir horarios, tomarse unos días de vacaciones cuando se puede y repetir el ciclo durante años.

Y entonces aparece una pregunta bastante simple: ¿esto es vivir o simplemente sobrevivir dentro de una rutina que aceptamos como normal?

El dueño de tu tiempo

Pensalo así: buena parte de nuestra vida está condicionada por obligaciones que no elegimos completamente.

Si trabajás para una empresa, por ejemplo, tu tiempo tiene límites bastante concretos. No podés disponer libremente de todas tus horas porque tenés horarios, responsabilidades y, muchas veces, hasta tenés que pedir permiso para organizar cuestiones de tu propia vida.

Eso no significa que el trabajo sea necesariamente algo malo ni que todo el mundo tenga que abandonar su empleo y salir corriendo a vivir de otra manera. El punto es otro: vale la pena preguntarse cuánto control tenemos realmente sobre nuestro tiempo.

Porque el tiempo es justamente aquello que no podemos recuperar.

La Matrix como metáfora

Por eso la comparación con Matrix resulta interesante.

En la película, Neo descubre que aquello que consideraba la realidad no era exactamente lo que parecía. La metáfora sirve para pensar algo mucho más cotidiano: qué pasa cuando empezamos a cuestionar las reglas que siempre dimos por sentadas.

No significa que vivamos literalmente dentro de una simulación ni que exista una verdad secreta que unos pocos conocen. Es una forma de representar ese momento en el que empezás a mirar tu propia vida y te preguntás por qué hacés determinadas cosas.

¿Elegiste realmente el trabajo que tenés? ¿Necesitás todo lo que comprás? ¿Querés vivir como estás viviendo dentro de diez, veinte o treinta años?

Son preguntas bastante más incómodas que simplemente seguir adelante.

Cuando todos siguen el mismo camino

También puede pasar que las personas que tenemos alrededor estén atravesando exactamente el mismo ciclo.

Eso no significa que sean malas personas, que estén equivocadas o que haya que mandarlas a la mierda. Simplemente puede ocurrir que todos estemos tan acostumbrados a una determinada forma de vivir que dejemos de cuestionarla.

Por eso puede ser interesante acercarse a personas que estén haciendo preguntas diferentes, aprendiendo cosas nuevas o intentando construir proyectos propios. No necesariamente porque tengan la respuesta, sino porque estar cerca de gente que piensa distinto puede ayudarte a descubrir posibilidades que nunca habías considerado.

Y también conviene rodearse de personas más inteligentes que uno. Siempre hay algo para aprender de alguien que sabe más, que recorrió otro camino o que se animó a probar algo diferente.

Empezar a cuestionar

El primer paso puede ser bastante sencillo: empezar a cuestionar lo que hacés todos los días.

¿Por qué trabajás donde trabajás? ¿Qué cosas comprás porque realmente las necesitás y cuáles porque simplemente aprendiste que había que tenerlas? ¿Qué cosas te hacen sentir que estás aprovechando tu tiempo?

También podés mirar hacia atrás.

A lo largo de la historia hubo personas que quisieron vivir de otra manera y encontraron caminos diferentes. Estudiar cómo lo hicieron no significa copiar sus vidas, sino entender que una determinada forma de vivir no es necesariamente la única posible.

Buscar otras ideas y otras personas

Otra posibilidad es ampliar deliberadamente aquello que consumís.

Leer libros, investigar temas que no conocés, conocer otras perspectivas y conversar con gente que piensa diferente puede cambiar bastante la manera en que interpretás tu propia situación.

Pero hay que tener cuidado con algo.

Buscar información alternativa no significa creer automáticamente todo aquello que contradice lo establecido. Pensar por uno mismo también implica desconfiar de las teorías conspirativas, de los gurúes y de cualquiera que asegure tener una explicación secreta para absolutamente todo.

Cuestionar no consiste en reemplazar una creencia por otra.

Construir algo propio

Una de las formas más concretas de empezar a recuperar autonomía es hacer algo que dependa, al menos en parte, de vos.

Puede ser un emprendimiento, un proyecto artístico, aprender una habilidad, escribir, crear algo o simplemente desarrollar una actividad que tenga sentido para vos.

No necesariamente tiene que convertirse en un negocio.

La cuestión es experimentar qué pasa cuando parte de tu tiempo deja de estar completamente destinada a cumplir objetivos definidos por otros y empieza a estar relacionada con algo que vos elegiste construir.

Salir del molde no significa escapar de todo

También está la posibilidad de viajar, cuando las circunstancias lo permiten.

Conocer otras culturas y otras formas de organizar la vida puede servir para descubrir que muchas cosas que consideramos "normales" son, en realidad, costumbres particulares de una sociedad.

Eso puede ser suficiente para empezar a mirar nuestra propia rutina con otros ojos.

Pero tampoco hay que convertir todo esto en una fantasía de libertad absoluta. Nadie vive completamente aislado de las obligaciones, las necesidades materiales o las decisiones de los demás. La cuestión no es escapar de cualquier responsabilidad, sino tener mayor conciencia sobre cuáles aceptamos y por qué.

El miedo también forma parte del problema

Cambiar de dirección da miedo.

Y está bien. El miedo puede servir para mantenernos alerta y evitar decisiones impulsivas. El problema aparece cuando deja de funcionar como una señal de precaución y se convierte en una excusa para no hacer absolutamente nada.

La comodidad también juega su papel.

La zona de confort puede ser bastante atractiva porque no exige demasiadas preguntas. Seguís haciendo lo conocido, cobrás, gastás, descansás cuando podés y repetís.

Hasta que pasan diez años.

Después veinte.

Y un día te preguntás cómo llegaste hasta ahí.

¿Dónde vas a estar dentro de treinta años?

Quizás una de las preguntas más útiles sea justamente esa: si seguís haciendo exactamente lo mismo que estás haciendo ahora, ¿dónde es probable que estés dentro de treinta años?

No hace falta tener una respuesta perfecta.

Alcanza con imaginar el escenario y preguntarse si realmente querés llegar hasta ahí. Si la respuesta es sí, probablemente haya poco que cambiar. Pero si la respuesta es no, entonces quizás valga la pena empezar a construir alguna alternativa.

Y no hace falta destruir tu vida para hacerlo.

Podés empezar pequeño. Aprender algo, ahorrar, crear un proyecto, conocer gente nueva, viajar, leer, cambiar una costumbre o dedicar algunas horas semanales a algo que siempre quisiste hacer.

Al final, la decisión es tuya

La idea no es que todos tengan que abandonar sus trabajos, vender sus cosas y convertirse en ermitaños.

Tampoco existe una fórmula universal para "salir del sistema". Cada persona tiene circunstancias diferentes y lo que funciona para uno puede ser completamente inútil para otro.

Pero sí hay algo que todos podemos hacer: dejar de aceptar automáticamente que nuestra forma actual de vivir es la única posible.

Quizás no puedas controlar todo lo que ocurre a tu alrededor. Pero podés empezar por mirar qué parte de tu tiempo, de tus decisiones y de tus proyectos realmente te pertenece.

Porque si alguna vez vas a intentar cambiar algo, probablemente tenga más sentido empezar por vos mismo.

Y si finalmente fracasás, siempre existe la posibilidad de volver atrás.

Lo que resulta bastante más difícil de recuperar es el tiempo que pasó mientras esperabas el momento perfecto para empezar.


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