No decidir nada

Hace un tiempo me quedé pensando en algo bastante simple: un hámster corriendo en una ruedita. Hace esfuerzo, se mueve todo el tiempo, pero sigue en el mismo lugar.

La diferencia es que el hámster probablemente sabe menos que nosotros. Nosotros muchas veces sentimos que estamos eligiendo.

Abrís Instagram para ver una cosa. Después aparece otro video. Después otro. Y cuando levantás la cabeza pasó una hora. O más. Lo raro es que muchas veces ni siquiera fue un momento especialmente divertido. Fue una forma de pasar el tiempo sin pensar demasiado.

Lo que me llamó la atención no fue el celular en sí. Fue entender que el problema parece estar más relacionado con el cerebro que con la pantalla.

El cerebro se acostumbra rápido

Leí a Anna Lembke hablando sobre el sistema de recompensa y hubo una idea que me quedó grabada: cuando un estímulo está disponible todo el tiempo, deja de sentirse igual.

Lo que antes te entretenía mucho, después te entretiene un poco menos. Y sin darte cuenta empezás a buscar más tiempo, más intensidad o más estímulos.

No hace falta que sea una adicción grave. Puede ser algo mucho más común: redes sociales, videos, comida, compras o cualquier cosa que te dé una recompensa rápida.

Lo que noté es que, cuando me paso de rosca con esos estímulos, las cosas normales empiezan a perder atractivo. Leer cuesta más. Concentrarse cuesta más. Incluso aburrirse cinco minutos parece raro.

La fuerza de voluntad no siempre alcanza

Durante mucho tiempo pensé que todo dependía de tener más disciplina.

Después me di cuenta de que el entorno pesa mucho más de lo que parece.

Si una app está siempre a un toque de distancia, la probabilidad de abrirla aumenta. Si el teléfono está al lado de la cama, es mucho más fácil caer en el piloto automático.

Me resultó más útil hacer que algunas cosas fueran un poco más difíciles. Sacar accesos directos, borrar una app por un tiempo o dejar el celular en otra habitación. Son cambios chicos, pero a veces alcanzan para cortar el impulso automático.

No se trata de eliminar el placer

La conclusión a la que llegué no es que haya que vivir sin redes sociales, sin videojuegos o sin comida rica.

El punto es otro: recuperar la capacidad de elegir.

Poder usar una red social y salir cuando uno quiere. Poder disfrutar algo sin sentir que necesita repetirlo una y otra vez.

Hay una diferencia grande entre disfrutar un placer y depender de él. Cuando dependés, muchas veces ya no estás buscando disfrutar. Estás evitando esa incomodidad que aparece cuando el estímulo desaparece.

No tengo una receta para resolver esto. De hecho, creo que es bastante más difícil de lo que parece.

Pero sí me pareció interesante hacer una prueba: elegir una sola cosa que me absorba demasiado y alejarme un tiempo.

No para demostrar fuerza de voluntad. Sino para responder una pregunta mucho más incómoda.

¿Cuántas decisiones del día son realmente mías y cuántas son simplemente un hábito que nunca cuestioné?


¿Te gustó esta publicación?

Podés comentar, compartir la publicación, seguirme a través de mis redes sociales o fuentes RSS.