Un hámster corriendo en una ruedita. Corre, se agita, hace esfuerzo… pero no llega a ningún lado.
Casi nadie siente que está atrapado. Sentimos que estamos eligiendo. Abrimos Instagram “un minuto”, vemos un video, después otro, después otro, y cuando levantamos la cabeza pasó una hora. O tres. Y lo peor es que ni siquiera la pasamos tan bien. Fue una especie de anestesia con música de fondo.
El problema no es el celular. Tampoco la comida, los videojuegos o cualquier otro placer fácil. El problema es que el cerebro se acostumbra muy rápido. Lo que ayer te daba un subidón hoy apenas te mueve la aguja. Entonces necesitás más. Más tiempo, más intensidad, más estímulo. Es una escalera mecánica que siempre va para arriba.
Empezás a perder el gusto por las cosas normales. Leer cuesta. Caminar cuesta. Estar aburrido cinco minutos parece una tortura. Como si la vida hubiera bajado el brillo de la pantalla.
Hace un tiempo leí a Anna Lembke hablando de esto y me quedó que cuando todo es placer, el placer deja de sentirse como placer. El cerebro necesita contraste. Si estás todo el tiempo comiendo postre, el postre deja de tener gracia. Parece obvio, pero vivimos exactamente al revés.
La fuerza de voluntad está sobrevalorada. Nos encanta decir “a partir del lunes dejo esto”, como si el problema fuera una decisión moral. Después llega el martes a las once de la noche y estamos haciendo exactamente lo mismo de siempre.
Me resultó mucho más útil pensar en el entorno. Si algo te maneja, hacelo difícil. Borrá la app. Sacá el acceso directo. Dejá el teléfono en otra habitación. Poné fricción. Parece una pavada, pero funciona mejor que cualquier otra cosa.
También descubrí que el objetivo no es convertirse en un monje. Es recuperar la capacidad de elegir. Poder usar una red social sin quedar secuestrado. Comer algo rico sin entrar en piloto automático. Disfrutar un domingo sin necesitar veinte estímulos al mismo tiempo.
Hay una diferencia enorme entre disfrutar un placer y depender de él. Cuando dependés, ya no estás buscando placer. Estás evitando el vacío que aparece cuando el estímulo desaparece. Y esa diferencia cambia todo.
No tengo una receta mágica. De hecho, desconfío bastante de las recetas mágicas. Pero sí creo que vale la pena hacer una prueba. Elegir una sola cosa que te domine y dejarla un tiempo. No para demostrar que sos fuerte. Para ver quién está manejando el volante.
Porque esa fue la pregunta que me quedó dando vueltas. ¿Cuántas decisiones del día son realmente mías?