El entorno también decide por nosotros

El libre albedrío es uno de esos temas que siempre termina abriendo discusiones. Si el destino existe, si todas nuestras decisiones están condicionadas o si realmente elegimos por cuenta propia. No quiero entrar en ese debate. Me interesa algo mucho más cotidiano: cómo las decisiones que tomamos, incluso las más pequeñas, terminan moldeadas por el entorno en el que vivimos.

Cuando pensamos en el libre albedrío solemos imaginar a una persona decidiendo de forma completamente independiente. En la práctica, rara vez funciona así. Todos estamos atravesados por las personas que tenemos cerca, las conversaciones que repetimos, el contenido que consumimos y los hábitos que compartimos. Todo eso influye. No decide por nosotros, pero sí hace que algunas decisiones resulten más fáciles y otras mucho más difíciles.

No hablo de la familia o de la sociedad en un sentido amplio. Hablo de ese grupo de personas con el que elegimos pasar tiempo. Los amigos, los compañeros, las relaciones que mantenemos porque queremos o porque nunca nos detuvimos a preguntarnos si todavía nos hacen bien.

Con el tiempo entendí que el entorno funciona como una especie de gravedad. No porque nos obligue a movernos en una dirección, sino porque ejerce una fuerza constante. Si alrededor hay personas curiosas, responsables o con ganas de mejorar, es más probable que uno también incorpore esas actitudes. No por imitación automática, sino porque ese tipo de comportamientos empiezan a sentirse normales.

También ocurre lo contrario. Cuando las conversaciones giran siempre alrededor de las excusas, la queja o la resignación, es fácil acostumbrarse a esa forma de mirar las cosas. Las ideas circulan. Los estados de ánimo también. Y, muchas veces, los hábitos terminan siguiendo el mismo camino.

La psicología y las ciencias sociales vienen estudiando desde hace años cómo las redes de relaciones influyen en distintos aspectos de nuestra vida. No significa que estemos condenados a repetir lo que hacen los demás, pero sí que el contexto tiene un peso mayor del que solemos reconocer. Negarlo sería imaginar que tomamos decisiones en el vacío, cuando en realidad siempre elegimos desde algún lugar.

Eso no significa que haya que cortar vínculos con cualquiera que piense distinto o esté pasando un mal momento. Tampoco se trata de sentirse superior a los demás. Hay personas que atraviesan dificultades y necesitan apoyo, no distancia. La cuestión pasa por reconocer qué influencias predominan en nuestra vida y preguntarnos si nos acercan o nos alejan de la persona que queremos ser.

Lo mismo vale para aquello que consumimos todos los días. Libros, videos, redes sociales, podcasts o conversaciones. Todo ocupa espacio en la cabeza. Si la mayor parte de ese espacio está llena de ruido, enojo o negatividad, tarde o temprano eso termina afectando la manera en que pensamos. En cambio, cuando buscamos contenidos que nos enseñan algo o nos invitan a mirar las cosas desde otra perspectiva, también estamos modificando el entorno en el que vivimos, aunque sea de forma silenciosa.

Claro que no siempre podemos elegir dónde estamos. Hay trabajos, familias o circunstancias de las que no resulta sencillo salir. En esos casos, el margen de decisión es más chico, pero no desaparece. Tal vez no podamos cambiar todo el escenario de un día para el otro, aunque sí podemos empezar a incorporar pequeñas influencias que compensen parte de ese contexto. Un buen libro, una conversación distinta o una comunidad con la que compartimos intereses pueden ser un comienzo.

Al final, el libre albedrío no consiste solamente en tomar grandes decisiones. También aparece en esas elecciones que parecen menores: a quién escuchamos, con quién compartimos tiempo, qué ideas dejamos entrar y cuáles preferimos dejar pasar.

Quizás nunca podamos controlar por completo el entorno que nos rodea. Pero sí podemos prestar más atención a la dirección en la que nos empuja. Y, cuando haga falta, empezar a movernos aunque sea un poco en sentido contrario.

Porque, muchas veces, ejercer el libre albedrío no es hacer cualquier cosa. Es elegir, de manera consciente, qué influencias queremos que formen parte de nuestra vida.


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