Hay juegos que, aunque pasen los años, siguen encontrando la forma de divertir. Worms es uno de ellos. A simple vista parece un juego sencillo: unos gusanos disparándose con armas absurdas en escenarios destruidos. Pero cuando empezás a jugar, aparece algo más. Cada turno te obliga a pensar, calcular y tomar decisiones que pueden cambiar completamente la partida.
Detrás de su estética caricaturesca hay una base de estrategia por turnos muy bien construida. Cada equipo controla un grupo de gusanos con un arsenal que mezcla armas reales, inventos imposibles y mucho humor. Bazookas, granadas, ovejas explosivas y otros objetos forman parte de un sistema donde la idea principal es eliminar al equipo contrario, pero nunca de una manera completamente predecible.
La diferencia está en que no alcanza con atacar primero. Antes de disparar hay que pensar desde dónde hacerlo, qué arma conviene usar y qué consecuencias puede tener esa decisión. Un tiro mal calculado puede dejar a un gusano expuesto o incluso terminar dañando a tu propio equipo.
Una de las claves del juego está en su física. La trayectoria de los proyectiles depende del ángulo, la potencia del disparo y las condiciones del escenario. Algunas armas explotan al impactar, otras rebotan o tienen un tiempo de espera antes de activarse. Una sola explosión puede abrir un camino nuevo, destruir una zona completa o cambiar el resultado de una partida que parecía definida.
Con el tiempo uno empieza a desarrollar cierta intuición. Sin darse cuenta, aprende a calcular distancias, anticipar movimientos y entender cómo puede reaccionar el terreno después de cada ataque. No hace falta pensar en números para notar que el juego constantemente te obliga a razonar.
También está la gestión de recursos. Muchas armas son limitadas, así que no siempre conviene usar la más poderosa apenas aparece una oportunidad. A veces es mejor esperar, guardar una herramienta especial o arriesgarse para conseguir una caja con nuevos objetos.
Cuando se juega con amigos aparece otra parte importante de Worms. Las estrategias se mezclan con la improvisación. Un plan perfecto puede fallar en segundos y una jugada que parecía imposible puede terminar funcionando por pura casualidad. Esa combinación entre pensar y aceptar el caos es una de sus mayores virtudes.
Lo interesante es que nunca intenta ser más complejo de lo necesario. Tiene estrategia, lógica y física, pero todo está acompañado por un sentido del humor que hace que incluso perder pueda ser divertido. El juego no necesita explicarte demasiado; simplemente plantea una situación y deja que las decisiones hagan el resto.
Por eso sigue siendo uno de esos títulos que vale la pena volver a jugar. Funciona bien en solitario, pero encuentra su mejor versión cuando varias personas se sientan alrededor de una partida. Ahí aparecen las risas, las discusiones por una jugada injusta y esos momentos donde nadie sabe si va a ganar o si una oveja explosiva va a destruir todo el escenario.
Por qué vale la pena
Worms sigue funcionando porque combina elementos que pocas veces aparecen juntos: estrategia accesible, situaciones impredecibles y un humor que no depende de una época específica. Es fácil de entender, pero tiene suficiente profundidad como para que cada partida sea diferente.
También tiene algo que muchos juegos actuales perdieron: la capacidad de generar recuerdos alrededor de una mesa o una partida compartida. No importa tanto quién gana, sino las historias que quedan después de cada enfrentamiento.
Qué me dejó
Worms demuestra que un juego no necesita gráficos complejos ni sistemas enormes para mantenerse vigente. A veces alcanza con una buena idea, reglas claras y la posibilidad de que cada jugador cree sus propios momentos.
Es uno de esos juegos que recuerdan que la diversión muchas veces aparece cuando algo sale mal y todos terminan riéndose igual.