Escucha Defensiva VS Activa


En el día a día y en charlas con amigos y familia me fui dando cuenta de que muchas discusiones no empiezan por lo que se dice, sino por cómo escuchamos. O mejor dicho, por cómo no escuchamos. A veces alguien dice algo y uno ya está pensando qué responder, cómo defenderse o por qué el otro está equivocado. 

Con el tiempo empecé a notar otros patrones. Si algo no encaja con nuestra idea previa, lo descartamos rápido. Todo pasa por el filtro de lo que nos conviene creer. Cuando la charla se pone tensa, ese estado ya no importa el argumento, solo ganar, defenderse o atacar. Y como si fuera poco, la negatividad hace que una frase mal dicha pese más que diez cosas buenas que se dijeron antes.

No es que esto pase solo en discusiones grandes. Aparece en reuniones, en pareja, en familia, en cualquier intercambio cotidiano. Lo complicado es que uno suele verse a sí mismo como racional, mientras al otro lo ve cerrado o agresivo. Casi nunca al revés.

Con esfuerzo empecé a practicar algo más simple, pero nada fácil: escucha activa. Callarse de verdad, tratar de entender qué le pasa al otro antes de responder. Y combinarlo con algo de comunicación no violenta, que no es hablar suavecito, sino decir lo que uno piensa sin atacar. No siempre sale, pero cuando sale, la conversación cambia. Tal vez no se llegue a un acuerdo, pero al menos baja el ruido. Y a veces, con eso, ya es suficiente.

Publicidad

Entradas relacionadas