My Dinner with Andre es una película rara y simple: dos tipos hablando durante una cena. No pasa casi nada. Justamente ahí está el punto. Todo se sostiene en lo que dicen y en lo que representan.
La idea central gira alrededor de cómo se vive. Por un lado, una vida ordenada, estable, repetitiva, pensada para funcionar. Por el otro, una vida más caótica, basada en experiencias, búsqueda personal y ruptura de lo cómodo. No hay héroes ni villanos. Son dos formas de pararse frente al mundo, con sus costos y sus límites.
La charla deja en evidencia algo bastante común: mucha gente vive en automático. Trabajo, rutinas, consumo, horarios. Todo encaja, pero algo no cierra del todo. La película no grita esto ni lo dramatiza. Lo deja caer, como quien comenta algo obvio pero incómodo. También aparece la idea de aislamiento, incluso estando rodeados de gente.
No propone soluciones ni caminos claros. No dice “esto está bien” o “esto está mal”. Solo expone el contraste y deja que incomode un poco. Tal vez por eso sigue funcionando: porque no intenta ser profunda a la fuerza, pero termina siéndolo igual. Es una conversación que no se cierra, y esa falta de cierre es lo más honesto que tiene.