Qué te roba y qué te da energía

Hoy está fresco y tengo esa sensación rara de haber dormido ocho horas pero igual levantarme con la batería en 20%. No sé si te pasa, pero hay días en los que arrancás y ya sentís que alguien te desenchufó durante la noche. Y durante mucho tiempo pensé que era mala suerte, estrés o simplemente hacerse grande. Después me di cuenta de que, en muchos casos, era otra cosa: me estaba dedicando a alimentar todo lo que me dejaba hecho bolsa.

Lo más tramposo es que el desgaste no suele venir de un solo lugar. No es que un día te pasa algo terrible y listo. Es más parecido a una canilla que gotea. Abrís las noticias cinco minutos y salís con la cabeza llena de quilombos que no podés resolver. Después te preocupás por algo que capaz nunca pasa. Más tarde te enganchás con el drama de otra persona. Y cuando termina el día, te preguntás por qué estás tan cansado si, técnicamente, no hiciste tanto.

La preocupación es una estafa bastante sofisticada. Te hace sentir productivo porque estás pensando mucho, pero en realidad es como correr en una cinta: transpirás, te agitás y seguís exactamente en el mismo lugar. Y la pereza tiene otro truco. Al principio parece descanso; después se transforma en una especie de niebla donde todo cuesta el doble. Cuanto menos hacés, menos ganas tenés de hacer algo. Es un círculo bastante ordinario, más pegajoso que el piso de un boliche a las cuatro de la mañana.

También está el tema de compararse. Ese hábito es veneno premium. Ves el éxito de otro y, en lugar de inspirarte, sentís que vos llegaste tarde a la fila. El problema es que siempre te comparás con el momento editado de alguien. Nadie sube las dudas, los fracasos o las noches de mirar el techo pensando “¿qué carajo estoy haciendo?”. Compararse así es perder un partido donde el árbitro juega para el otro equipo.

Pero me pasó algo interesante cuando empecé a mirar el problema desde el otro lado. No tanto qué me robaba energía, sino qué me la devolvía.

Y las cosas que realmente funcionan son bastante menos espectaculares de lo que venden los gurús. Tomar agua. Salir un rato al sol. Mover el cuerpo aunque sea media hora. Hablar con un amigo con el que no necesitás actuar. Decir la verdad cuando sería más cómodo inventar una excusa. Celebrar un logro, incluso uno chico. Todo eso parece una pavada, pero suma.

Me di cuenta de que hay personas con las que termino una charla y siento que podría empezar tres proyectos nuevos. Y hay otras con las que hablo veinte minutos y necesito acostarme una siesta. La diferencia no es mística. Es energía. Hay vínculos que te expanden y otros que te consumen. Aprender a distinguirlos te ahorra años de desgaste.

Lo mismo con la verdad. Mentir, exagerar, sostener personajes o quedar bien con todo el mundo es agotador. La verdad tiene un costo inmediato, pero una vez que la decís dejás de gastar energía en recordar qué versión contaste. Es una tranquilidad bastante subestimada.

Al final terminé llegando a una idea que me costó aceptar porque es incómoda: sentirse apagado o sentirse vital depende mucho menos de las circunstancias de lo que imaginaba. Depende, sobre todo, de qué elegís alimentar todos los días. No hace falta una transformación épica. Hace falta dejar de echarle combustible a lo que te vacía.

Nada más, por hoy. Gracias por el aguante. Si te gustan estas reflexiones, date una vuelta por el blog, que sigo escribiendo estas cosas cuando le robo unos minutos al día.