Reseñas desde el olvido

Me senté con la brillante idea de escribir una reseña de una película, o varias en realidad, que vi hace mucho. Parecía fácil. Hasta que me di cuenta de un detalle bastante importante: no me acuerdo absolutamente nada.

Pero nada de verdad.

Ni la trama, ni un personaje, ni una escena, ni una música. Ni siquiera puedo decir si me gustó o si fue un embole. Es como si alguien hubiera pasado un imán por el disco memoria cual diskette y hubiera borrado el archivo completo. Chau. No quedó nada.

Al principio pensé en buscar el argumento para refrescarme. Después me di cuenta de que eso no tenia mucha gracia. Porque si tengo que reconstruir una opinión leyendo Wikipedia, entonces la reseña ya no es mía. Es una ficha técnica con adjetivos prestados.

Y ahí apareció una idea que me pareció bastante más interesante.

Capaz la reseña no tiene que ser sobre la película. Capaz tiene que ser sobre el hecho de que la olvidé.

Suena medio falopa, pero cuanto más lo pienso, más sentido tiene. La memoria también reseña las cosas. Hace una selección bastante brutal. Hay películas que uno recuerda plano por plano durante años. Y hay otras que desaparecen como un sueño cinco minutos después de despertarte.

Muchas cayeron en esa segunda categoría.

No puedo decir que sea mala. Sería injusto. Tampoco puedo decir que sea buena. Sería inventar. Lo único que puedo afirmar es que no dejó rastro. Y eso, de alguna manera, también es un juicio.

Me hace pensar en la cantidad absurda de contenido que consumimos. Series, películas, videos, podcasts, reels, noticias. Todo entra y todo compite por quedarse. Algunas cosas se te pegan como un chicle en la zapatilla. Otras pasan de largo sin pedir permiso.

Capaz el problema no era la película. Capaz era yo.

Capaz la vi un martes a la noche mientras respondía mensajes, miraba el celular y pensaba en otra cosa. Capaz estaba cansado. Capaz venía de ver tres películas parecidas y esta quedó mezclada con las otras. La memoria no es una biblioteca ordenada. Es más parecida a un placard después de una mudanza.

Lo que sí me quedó es una especie de vacío raro. Querer escribir sobre algo y descubrir que no tenés de dónde agarrarte. Es una sensación bastante incómoda. Como encontrarte con alguien que te saluda con entusiasmo y no tener la más mínima idea de quién es. Sonreís, improvisás, tratás de zafar... pero sabés que estás caminando sobre hielo finito.

De hecho, me parece que voy a empezar una sección nueva en el blog. “Reseñas desde el olvido”. Películas que vi y que mi cerebro decidió mandar al tacho. No para analizar la fotografía ni el guión ni las actuaciones, sino para hablar de esa desaparición. Porque el olvido también cuenta una historia.

Y además tiene una ventaja enorme: me obliga a no chamuyar.

Hay algo bastante liberador en admitir “no me acuerdo”. Internet está lleno de gente opinando con una seguridad que da miedo. Yo prefiero decir que mi memoria hizo abandono de trabajo y se fue antes de terminar el turno.

Así que esta fue, técnicamente, una reseña de una película inexistente. O peor: de una película que existió, pero ya no existe para mí.

Si alguna vez te pasó esto, contámelo. Necesito saber que no soy el único al que una película se le evaporó por completo de la cabeza.


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