Mientras afuera el domingo se va apagando y la ciudad queda con ese silencio raro de cuando ya pasó todo pero todavía no arrancó la semana, me siento con la PSP al lado y una idea dando vueltas hace rato. Son esas boludeces que parecen una pavada hasta que agarrás el aparato, prendés la pantalla y de golpe estás en 1990 otra vez. Sí, hoy toca hablar de jugar al Super Mario Bros. de NES emulado en una Sony PSP. Una combinación que en papel parece una cosa medio falopa, como ponerle motor de Ferrari a un carrito de supermercado, pero que en la práctica tiene algo mágico.
Porque seamos sinceros, el Super Mario Bros. original es una bestia. No necesita presentación, no necesita que venga nadie a explicarte por qué es importante. El tipo salió hace una eternidad y todavía sigue funcionando como un reloj suizo. El fondo, la idea, el diseño de niveles... todo está hecho con una precisión que da bronca. Es increíble pensar que con cuatro colores, unos pocos píxeles y un par de sonidos lograron algo que sigue siendo más divertido que muchos juegos con presupuestos millonarios.
La historia, obviamente, es casi inexistente. Mario tiene que rescatar a la princesa y listo. No hay vueltas raras, no hay cinemáticas de media hora, no hay un personaje llorando por su pasado en un bosque oscuro. Y justamente ahí está la magia. El juego va al hueso. Saltar, correr, esquivar, pegarle a un bloque, agarrar un hongo y seguir adelante. Nada más. Una simpleza que hoy parece una locura porque muchos juegos necesitan explicarte hasta cómo respirar.
Ahora, la forma... acá viene lo lindo. Ver ese juego en la pantalla de una PSP es una cosa rarísima. La consola de Sony tiene una potencia absurda compara con la NES y de repente la usás para jugar un título que nació en una caja gris conectada a un televisor de tubo. Es como ver una película muda en una sala IMAX. No tiene sentido técnico, pero tiene su no se qué.
La emulación en PSP es una locura. La maquinita es un pequeño monstruo. Metes una tarjeta de memoria, cargas un emulador y tenés una biblioteca entera de clásicos en el bolsillo. Es como llevar un sótano lleno de consolas viejas adentro de una mochila. Una cosa recontra nerd, sí, pero hermosa.
Además hay algo que pasa cuando jugás estos juegos en portátil. No sé si es la pantalla chica, los botones o esa sensación de estar robándole tiempo al mundo, pero se siente distinto. No estás sentado frente al televisor como antes. Estás esperando algo, viajando, tirado en la cama a la madrugada... y de golpe aparece ese primer nivel con los bloques flotando y pensás: "Pará... ¿cómo puede ser que esto siga siendo tan bueno?"
Obviamente tiene sus limitaciones. El que espere una experiencia moderna se va a encontrar con un juego duro, con físicas que requieren acostumbrarse y con una dificultad que hoy te pega una cachetada. Pero justamente ahí está la gracia. No te lleva de la mano. Te tira al mundo y te dice "arreglate, campeón".
Super Mario Bros. en PSP no es una revolución ni una experiencia nueva. Es algo mucho más simple: es una excusa perfecta para volver un rato a cuando los videojuegos eran más directos y menos preocupados por parecer películas.
Y nada más, por hoy. Me quedo con la PSP cargando y capaz después cae algún otro clásico de esos que entran en una tarjeta de memoria y ocupan menos que un audio de WhatsApp.
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